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Desde la Antigüedad, las mujeres han demostrado una sensibilidad muy particular hacia los jardines. Por desgracia, la caída del Imperio romano iba a suponer un larguísimo paréntesis durante el cual la idea de jardín como expresión artística iba a desaparecer, y con ella el papel predominante de las mujeres en su creación. Hay que esperar hasta el Renacimiento para que mujeres de la realeza o de la alta nobleza puedan dedicarse de nuevo a este arte tan sutil. Los jardines se convierten así en lugares de autorrealización donde la sensibilidad femenina puede expresarse con la libertad de la que carecían en otros ámbitos de la expresión artística. En esta obra se rinde un especial homenaje a todas las mujeres que convirtieron la jardinería en un arte; a grandes soberanas como Catalina de Médicis o la duquesa de Osuna, a las primeras jardineras, diseñadoras, pintoras y coleccionistas de plantas, pero también a muchas escritoras, como Beatrix Potter o Elizabeth Armin, para las cuales el jardín era un lugar ideal para descansar y un símbolo de amor y libertad.
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